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Descubriendo a Álvaro Maestro, director técnico de Emilio Moro

16/09/2026 Entrevistas
Descubriendo a Álvaro Maestro, director técnico de Emilio Moro

Los buitres sobrevuelan los páramos de Pesquera de Duero mientras nos alejamos de la bodega. Hemos venido hasta una de las zonas más altas y emblemáticas de la Ribera del Duero, a más de 900 metros de altitud, y aquí arriba el paisaje explica muchas cosas antes incluso de abrir una botella.

En medio del camino aparecen algunos restos que han dejado los buitres después de alimentarse. Álvaro Maestro se detiene para explicarnos que son egagrópilas, las pequeñas bolas que estas aves expulsan después de comer y que contienen pelos, plumas y huesos que no pueden digerir. No deja de ser una curiosidad, pero también es una buena manera de conocer a Álvaro.

Director técnico y enólogo de Emilio Moro, lleva cerca de 20 años en la bodega, donde comenzó como peón de vendimia. Tiene esa capacidad poco habitual de convertir una explicación técnica en algo fácil de entender. Con él, hablar de una egagrópila, de un suelo o de cómo madura una uva termina siendo una conversación sobre el paisaje que tenemos delante.

Una familia, un territorio y una forma de entender el vino

La relación de Álvaro con Emilio Moro es mucho más que profesional. Ha crecido dentro de la bodega al mismo tiempo que lo hacía la propia familia y, cuando habla de ella, la palabra empresa parece quedarse corta. “Más que una empresa, es una familia con la que he crecido”. 

Quizá por eso tampoco entiende su trabajo desde la figura del enólogo que busca imponer una visión personal. “No soy autor creativo. Pongo mis conocimientos al servicio de la familia”. Su papel consiste en conocer el territorio, entender lo que la familia ha construido durante generaciones y utilizar todo ese conocimiento para seguir mejorándolo.

Esa transmisión está presente incluso en las etiquetas, con fotografías de la familia en blanco y negro que funcionan como un vínculo entre pasado y presente. Una identidad reconocible que, sin embargo, nunca ha significado quedarse quietos.

Más de 900 metros: cuando la altitud marca el vino

En el páramo entendemos mejor por qué Álvaro habla de Ribera del Duero como una zona climática límite. Aquí arriba, a más de 900 metros, las condiciones son exigentes y los contrastes térmicos entre el día y la noche tienen una importancia enorme. La altitud permite que la uva madure lentamente, conservando acidez y frescura mientras alcanza la intensidad necesaria. 

“El tempranillo nos permite sacar lo mejor en este clima límite”. Para Álvaro, esta variedad encuentra en estas condiciones una de sus mejores aliadas. El objetivo es conseguir vinos con concentración y profundidad, pero también con tensión y frescura. Y esa búsqueda del equilibrio empieza mucho antes de la bodega. Cada metro cuenta y conocer cómo responde la viña en estas condiciones permite tomar mejores decisiones durante todo el ciclo. Al final, se trata de entender el lugar para que el vino pueda expresarlo.

Una identidad que mira hacia el futuro

“Nuestro estilo no se cambia, pero somos flexibles”. Álvaro utiliza una comparación sencilla y muy fácil de entender. Una persona puede seguir siendo la misma a los 50 años, aunque no vista igual que cuando tenía 30. Con el vino sucede algo parecido. La esencia permanece, pero la manera de expresarla evoluciona.

Emilio Moro fue una de las primeras bodegas de Ribera del Duero en apostar por vinos jóvenes con alrededor de seis meses de paso por barrica, buscando pulirlos y armonizarlos sin perder su carácter. Una decisión que resume bien esa filosofía. Respetar lo que funciona, pero no dejar nunca de buscar cómo hacerlo mejor.

Esa mirada está también detrás del futuro de la bodega. Las nuevas instalaciones y unas obras que continuarán hasta 2028 forman parte de una apuesta por seguir creciendo en calidad y por construir un enoturismo del siglo XXI. La dimensión internacional gana peso, pero el punto de partida continúa siendo el mismo: el territorio.

Y antes de marcharnos queda una última pregunta. Con un Malleolus de Sancho Martín delante, y sabiendo que Álvaro lleva tiempo explorando la relación entre vino, gastronomía y música, era casi obligatorio preguntarle con qué canción lo maridaría. La respuesta es Mar Antiguo, de El Último de la Fila.

Quizá no haya mejor manera de cerrar la visita. Después de hablar de un paisaje, una familia y una forma de entender el vino, terminar descubriendo que una botella también puede tener su propia banda sonora.