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Descubriendo a Anna Espelt de Espelt Viticultors

Descubriendo a Anna Espelt de Espelt Viticultors

Anna Espelt no parece especialmente interesada en romper techos de cristal. Lo que le interesa es trabajar bien, cuidar el paisaje y elaborar vinos que expliquen un territorio. Quizá por eso, cuando habla de su trayectoria en un sector tradicionalmente masculino, lo hace sin solemnidad. "Cuanto más me muestro como soy realmente, más me tienen en cuenta", dice.

Resume su manera de entender el liderazgo con una frase que sirve también como declaración de intenciones: "La única manera de ocupar espacio, es ocupándolo”. No es un discurso aprendido. Es una forma de estar en el mundo. Porque las oportunidades, como los espacios, hay que aprovecharlos.


Su centro de visitas refleja bastante bien quién es. Revistas, botellas, piedras de colores y pequeños recuerdos de viajes llenan las estanterías. Objetos que cuentan historias y acompañan las muchas horas que pasa allí. Más que una bodega, parece una extensión de su manera de mirar el mundo; curiosa, observadora y profundamente vinculada al territorio.

De la biología al vino

Aunque hoy es una de las voces más reconocidas del Empordà (Cataluña), su camino hacia el vino no fue una decisión evidente. Antes que la enología llegó la biología, una vocación que nació gracias a su abuelo y al deseo, tan sencillo como profundo, de contribuir a hacer un mundo mejor y dejar una huella positiva.


Con el tiempo, casi sin darse cuenta, aquel interés por comprender la naturaleza terminó llevándola también al viñedo. Fue entonces cuando descubrió que la biología y la enología tenían mucho más en común de lo que parecía. Ambas consisten en observar, comprender los equilibrios de la naturaleza y tomar decisiones pensando a largo plazo. Esa mirada científica es la que ha acabado definiendo la filosofía de Espelt Viticultors.


Para Anna, la sostenibilidad no consiste únicamente en producir vino ecológico. Significa cuidar el entorno en el que trabaja y pensar no solo en las personas, sino también en el resto de seres vivos que comparten el paisaje.

El paisaje como aliado

Si hay una idea que resume la manera de trabajar de Anna Espelt es que un viñedo puede hacer mucho más que producir uva. También puede proteger el territorio.


Desde hace más de veinte años defiende un modelo de gestión del paisaje basado en el mosaico agroforestal, una estrategia que combina viñedos, bosques, pastos y espacios abiertos para aumentar la biodiversidad y, al mismo tiempo, reducir el riesgo de grandes incendios. No se trata solo de plantar viñas, sino de diseñar un paisaje más resiliente, donde cada elemento cumple una función ecológica.


Los encinares conservan algunos de los ecosistemas más ricos del Mediterráneo; los pastos permanecen abiertos gracias al ganado, que elimina de forma natural la vegetación combustible; los cultivos actúan como áreas de discontinuidad que dificultan la propagación del fuego; y las zonas de matorral mediterráneo sirven de refugio para numerosas especies de fauna.


Durante años hubo quien veía esta forma de trabajar con cierto escepticismo. Hasta que llegó la prueba definitiva. El 22 de febrero de 2022 un incendio afectó al entorno del Cap de Creus y aquel paisaje diseñado con criterios ecológicos demostró que funcionaba. El mosaico ayudó a ralentizar el avance de las llamas y confirmó que gestionar el territorio también es una forma de prevenir incendios.


Hoy, cuando la emergencia climática obliga a repensar cómo convivimos con el fuego, Anna defiende que la solución no pasa únicamente por apagar incendios, sino por construir territorios capaces de resistirlos. Y ahí la viticultura, lejos de ser solo una actividad agrícola, puede convertirse en una herramienta de prevención y conservación del paisaje.


Pensar la viña a largo plazo

Pensar a largo plazo forma parte de su manera de trabajar. Recupera el cultivo en vaso porque necesita menos agua en un contexto de sequía creciente, apuesta por una viticultura regenerativa que devuelva vida al suelo y recupera variedades antiguas mejor adaptadas al clima mediterráneo.


Entre ellas destaca la cariñena blanca, una variedad perfectamente adaptada al territorio y que, en su opinión, representa una parte del futuro de los vinos mediterráneos. Porque el cambio climático obliga a replantearlo todo, pero no a renunciar a la identidad. El reto consiste en elaborar vinos mediterráneos que expresen mejor que nunca el lugar del que proceden.


Si hubiera que resumir el Empordà en una sola palabra, Anna no lo duda; salinidad. Ese carácter marino aparece una y otra vez en sus vinos y también en uno de los proyectos que más ilusión le hace: Pardells, un vino nacido de una viña excepcional, cartografiada al detalle, donde conviven hasta doce variedades distintas. Un auténtico laboratorio natural que demuestra la riqueza del territorio y la importancia de preservar su diversidad.


El vino como conexión

En Espelt Viticultors todo empieza en el viñedo. El equipo es pequeño, pero profundamente implicado, y desde 2002 también apuesta por el enoturismo, llevando a los visitantes al lugar donde realmente nace el vino. Es decir, entre las cepas y frente al paisaje.


Porque para Anna el vino nunca ha sido solo una bebida. Es una herramienta de conexión. Compartir una botella significa crear conversación, fortalecer vínculos y celebrar los mejores momentos. Quizá ahí resida la esencia de su trabajo. Cuidar el paisaje para elaborar mejores vinos, pero también para construir un territorio más vivo. Porque cuando se cuida el paisaje, también se cuida a las personas. Y entonces, el vino deja de ser solo vino para convertirse en una forma de entender el mundo.