Bautizar a un vino lucense con el nombre Escalada no puede ser casualidad. Es toda una declaración de intenciones. Porque si algo define a la Ribeira Sacra, ese rincón mágico de Galicia donde el Miño y el Sil dibujan cañones imposibles, son sus pendientes vertiginosas, que llegan hasta el 85% de inclinación. Aquí, la viticultura es más que un oficio: es un acto de fe, un desafío a la gravedad. Por eso la llaman viticultura heroica, y con razón.
En 1979, Fernando Algueira decidió desafiar el abandono que se cernía sobre las viñas de la Ribeira Sacra. Mientras muchos daban la espalda a esas laderas imposibles, él y su familia apostaron por devolverles la vida. Así nació Finca Algueira, una bodega que simboliza el renacimiento de una tradición milenaria.
Cuatro décadas después, las terrazas de Doade y Abeleda siguen siendo su escenario de batalla y su fuente de orgullo. Allí, cada cepa se trabaja a mano, cada vendimia se convierte en una escalada —literal y figurada—, y cada botella cuenta la historia de un esfuerzo que desafía la lógica… pero conquista el alma.
Algueira Escalada nace con una misión clara: rendir homenaje a la materia prima excepcional que ofrece este paisaje de piedra y sol. Su protagonista absoluto es el godello (100%), cultivado en suelos de pizarra orientados al suroeste, donde el microclima atlántico imprime carácter y frescura.
La elaboración es un delicado juego de equilibrios: una mezcla de despalillado y pisado a pie, con una breve fermentación pelicular en depósito, seguida de un paso por barrica vieja de roble (500 litros) donde fermenta sobre lías con battonage. Su crianza de 10 meses en fudres de roble de 1.000 litros redondea el vino, aportándole profundidad sin restarle frescura. Después, se clarifica y madura en acero inoxidable antes de ser embotellado.
Escalada es un claro reflejo del espíritu de la Ribeira Sacra. Es el vértigo de mirar hacia abajo y la emoción de alcanzar la cima. Es la recompensa a un trabajo que se mide en metros de desnivel y litros de pasión.