Ayer decidimos vernos unas amigas con la intención inocente de cenar tranquilamente. ¡Ay, cómo si no nos conociéramos! Compartir un vino es imprescindible en estas ocasiones y que sorpresa me llevé al ver ese Capricho de Val de Paxariñas (D.O. Bierzo) en esa tímida carta, un vino blanco de color pajizo brillante que no desentona con las luces que rodean esta pequeña plaza en el barrio de Gracia. Su aroma es encantador pero complejo, delicadas notas de pera y manzana, le dan ternura que se combina de manera preciosa con toques de hierba y cítricos proporcionando una frescura y libertad que se agradece en noches de verano. En boca la fiesta continua, explosión. Suave presencia del carbónico, propia de la fermentación, nos divierte y anima, ¡vamos por buen camino!. Equilibrio de la acidez y carácter, mucho carácter. Se marca la frescura y la cremosidad creando una armonía propia de una canción coqueta perdida.
Sigo compartiendo y adorando estos momentos. . . Ahora abro esta misma marca en casa para volver a sentir esa locura divina. O, ¿DiVino?

