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Descubriendo a Álvaro Palacios

Entrevistas

Todo lo que toca Álvaro Palacios triunfa. El enólogo riojano es un auténtico rey Midas. Ha sabido sacar todo el potencial de regiones vitivinícolas olvidadas, como Priorat o el Bierzo, para convertirlas en codiciadas zonas de elaboración.

Sabiduría no le falta, intuición tampoco. El creador de L’Ermita, uno de los vinos más deseados del planeta, seduce desde la viña y la conversación y transmite toda su pasión a cada uno de los vinos que elabora sin mayor pretensión que la de hacerlo realmente bien. Es el hombre capaz de embotellar emoción y felicidad.  


- El vino, sin duda, forma parte de tu ADN. ¿Te imaginas vivir sin él? ¿Con qué lo sustituirías, si ese fuera el caso?

Es insustituible, claro. Como lo ha sido para 100 generaciones de europeos desde hace más de 2.500 años.

- La gente que ha tenido el privilegio de escucharte sabe que siempre hablas de tu oficio y profesión desde la sencillez. ¿Cómo te definirías?  

Como muchos saben, me considero un humilde labrador. Como tal, he estado toda la vida aprendiendo. Y todavía sigo aprendiendo a recoger el testigo de una tradición, en un camino entre viñas que nunca acaba, y que debe continuar en el futuro.

- ¿Qué es lo que te llevó a salir de La Rioja y apostar tan ciegamente por Priorat?

Tan solo pertenezco a una circunstancia histórica del vino español y, al mismo tiempo, soy hijo de una formación internacional que me llevó a ver nuestra realidad desde fuera. Entonces en mi juventud sentí la llamada, la gran tentación, de otras zonas más allá de mi origen familiar, e inicié una búsqueda marcada por esa mirada desde el exterior.
Cuando empezaba a buscar por otras zonas, mi querido René Barbier, allegado de mi familia, me invitó a conocer el Priorat. Fue un flechazo del destino.
 
- ¿Qué cuesta más, elaborar buenos vinos o venderlos?

Elaborar buenos vinos tiene mucho de enigma. Un gran vino, es el fruto estricto de un lugar privilegiado. Hay que aprender a escuchar la viña, lo que exige una serie de condiciones humanas importantes: el respeto, la humildad para aprender, la pasión. También labrar el conocimiento: saber lo que es un gran vino. Y para eso hay que probar, beber y habitar el ambiente de los grandes vinos del mundo.

Para vender hay que trabajar mucho, de día, de noche, sábados y domingos... Es una vocación: se trata de meter horas porque te apasiona. Para vender, hay que saber explicar la grandeza del lugar, de tu vino y tu país.

- Con tu sobrino Ricardo Pérez también inicias un proyecto en el Bierzo, con no menos satisfacciones. ¿Qué es lo que te llevó a creer en esta región?

La huella histórica de una profunda tradición vitivinícola, el paisaje, la fascinación por el reto de esas laderas difíciles, la presencia cultural del Camino de Santiago, los dones de la naturaleza... Todo ello creó un gran magnetismo previo, pero lo fundamental fue la ilusión y la pasión de Ricardo cuando me propuso hacer vino allí. Luego el idilio que tenemos con la región ha confirmado el acierto de elaborar vinos en el Bierzo, cuya atracción es tan irresistible como la que siento hacia el Priorat.

- La Faraona, un vino del Bierzo que ha alcanzado los 100 puntos Parker, y que según tus propias palabras “acaricia desde dentro”. ¿Intuición, magia, emoción? ¿Qué es lo que te llamó la atención de esa pequeña y maravillosa parcela y por qué elegiste ese nombre para tu vino?  

Tuvimos un "flechazo". Tanto L'Ermita como Quiñón de Valmira y La Faraona han supuesto algo parecido al amor. Reconocer, en una mezcla de intuición y emoción, que ese "es" el lugar. Difícil de explicar, ¿verdad?
Respecto al nombre, hemos contado muchas veces que viene del epíteto con el que en Rioja Oriental se llamaba a la tina del mejor vino nuevo. Eso está ahí, pero a mí me gusta proclamar que es un nombre que simboliza lo mejor: un vino para diosas, sultanas, emperatrices y faraonas.

- Primero Priorat, después Bierzo y vuelta a los orígenes en Rioja, pero siempre España. Alguna vez manifestaste interés en poder elaborar algún vino en Jerez. ¿Hay alguna novedad? ¿O es que la intuición ahora apunta hacia otra zona que te haya cautivado?

Cada semana pienso en hacer vino en una zona diferente de España. Me encantaría, y siento el compromiso de impulsar tanto patrimonio como tenemos y tantos vinos a la altura de los más importantes del Viejo Mundo. Pero no hay días: los grandes vinos exigen mucho, con ellos tienes que sentir en todo momento el latido del viñedo. Lo de Jerez es un sueño en el aire, la quimera de mi vida.

- En su momento debió haber sido muy difícil dejar la bodega familiar en Rioja para lanzarte a la aventura en Priorat cuando nadie creía en ese proyecto. Un momento de sentimientos encontrados frente a la familia, sobre todo, y tus inquietudes, por otra parte. ¿De qué manera ha influido en ti todo lo transmitido por tu padre y todo lo que aprendiste en la bodega familiar en Rioja?  

Mi padre, José Palacios, fue mi gran mentor en tantos y tantos aspectos, como la gestión empresarial, la recta obsesión por la calidad, la seriedad en los negocios. En Alfaro, en Rioja Oriental, intuí y comprendí el verdadero misterio del vino. Desde niño, jugando con mis hermanos en la oscuridad fría y húmeda de la bodega, y luego trabajando. Y siempre escuchando las preciosas descripciones coloquiales del vino, los refranes y aforismos, las expresiones eternas... Con mi padre y luego con mi hermana Chelo aprendí la importancia del trabajo y de las personas. En definitiva, lo que es la tradición y el legado de la familia.

- Eras muy joven cuando marchaste al Priorat con más cosas en contra que a favor. Nos has explicado tus sentimientos y aprendizajes a partir de ese momento, como hijo de viticultores que marcha de casa para alcanzar su propio sueño. ¿Qué significó para ti, como padre, el poder compartir con tu hija Lola su primera vendimia del vino “Quiñón de Valmira” en Rioja?

Si mi padre nos inculcó su pasión por la viña de La Montesa, que fue su sueño hecho realidad, podéis imaginar lo que significa para mí trabajar la viña y el vino del Quiñón de Valmira con mi hija Lola...
 
- Sientes una verdadera pasión y admiración por los vinos del viejo mundo. ¿Qué es lo que marca la diferencia, según tu punto de vista, de éstos sobre las elaboraciones del nuevo mundo?

La exclusividad de disponer de la pieza original. Donde están las esencias de todos los orígenes. Es imprescindible comprender que las variedades  se han desarrollado en unos entornos naturales históricos. La afinidad de las plantas a esos antiguos lugares, acompañados de cultura, historia y espiritualidad, es un privilegio único. Es lo que permite explicar el estado más místico de los grandes vinos, su magia y emoción trascendental.

- Y los tuyos, tus grandes vinos, ¿Cómo son? ¿A qué saben?  

Cada día me esfuerzo más en conseguir que transmitan la naturaleza del lugar del que provienen. Con raza, con mucha vida, como aire limpio y puro.

- ¿Crees que sabemos “comunicar” el vino? Desde tu punto de vista como elaborador y como consumidor de vinos, ¿qué sugieres para poder acercar la cultura del vino a la gente?

Explicar en las escuelas qué ha representado el vino en nuestra civilización. ¡Si el vino ha sido incluso Dios! El problema es que ahora los endiosados somos nosotros y no sabemos ni lo que queremos.

Explicarles a los chavales qué ha significado el vino también en un sentido social, de historia de nuestras sociedades y de nuestra cotidianidad. Explicarles nuestra apasionante historia de verdad, ¡explicarles la filoxera!
 
- Sabemos que eres un gran amante del flamenco, un género intenso y lleno de sentimiento. ¿Es posible hacer una asociación de características compartidas entre el flamenco y la elaboración del vino?

Hay una conexión clara, al menos para mí porque lo he vivido: la pasión. Y la pasión agudiza la sensibilidad y la inspiración.
 
- Por último, ¿nos podrías decir cuál es el último vino que has probado y que te ha enamorado?

Son tantos los grandes vinos que pruebo y que me gustan... Respecto al vino (y es lo bueno que tiene), somos polígamos y poliamorosos.

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